Dos actos criminales, similar fecha y una misma raíz dan protagonismo al 11 de septiembre en dos años y dos siglos diferentes. En 1973 la brutalidad simbolizada en un golpe de Estado, destruyó el Palacio de la Moneda, sede del gobierno chileno, y en el 2001 un acto terrorista derribó las Torres Gemelas de Nueva York.
Aviones utilizados para atacar ciudades, palacios y torres son expresiones de diferentes épocas enmarcadas en la violencia, la brutalidad y el terrorismo, creadas en su imagen y semejanza por el imperialismo yanqui, por más que hoy se autotitule paladín del antiterrorismo y defensor de los derechos humanos, aunque tenga confinados injustamente en sus prisiones a cinco cubanos, sin tener en cuenta que precisamente ellos enfrentaban esa flagelo.
En 1973 el presidente Salvador Allende y los fieles partidarios de su gobierno tuvieron que enfrentar la traición de un enemigo de muchas caras, la visible perteneciente a la oposición política y al general Augusto Pinochet y la no muy encubierta de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos.
El golpe desató la jauría militar que no se cansaba de torturar, violar y asesinar a los chilenos que respaldaban a Allende. Entre las miles de víctimas estaba el inolvidable Víctor Jara, que le mutilaron las manos para que no pudiera tocar más la guitarra. Lo que no pudieron nunca los fascistas chilenos fue acallar la voz del cantor que proclamaba el derecho a vivir en paz.
Veintiocho años después del golpe militar contra el gobierno del presidente Salvador Allende, una noticia le daría la vuelta al planeta en cuestión de segundo, el ataque y el posterior derribo de las Torres Gemelas, por dos aviones de pasajeros que se impactaron en sucesión de minutos a estos dos símbolos de la cosmopolita Nueva York.
En el momento del primer impacto el presidente George W. Bush se encontraba leyendo un cuento a los niños de una escuela, entonces uno de sus ayudantes se le acercó y en voz baja le dio la noticia, el mandatario yanqui no hizo ningún comentario y continuó con la lectura. No se sabe si estaba allí por casualidad o buscaba una cuartada probatoria de inocencia.
Lo cierto es que después del 11 de septiembre del 2001 el pueblo afgano pagó los platos rotos al desatarse la guerra en su suelo. Las raíces de ambos hechos están tan en la superficie que cualquier persona podría vincularlos con similares intereses y un mismo autor. Ciertamente todos los caminos conducen a la Casa Blanca.
En Cuba todos saben perfectamente su manera de operar. La voladura del buque Maine, anclado en el puerto de La Habana le sirvió de pretexto al gobierno de Estados Unidos para entrar en la guerra del 1895 cuando ya prácticamente el Ejercito Libertador estaba a las puertas del triunfo definitivo sobre las fuerzas colonialistas españolas. Se apoderaron y permanecieron en la isla hasta el triunfo de la Revolución en 1959.
Ahora la proa está enfila hacia Irán, y la prepotencia de Estados Unidos y sus aliados es tan grande que ya no necesitan torres derribadas ni pretextos para tocar de nuevo los tambores de guerra y una vez más hacer padecer a la humanidad una nueva conflagración, quizás la más terrible de todas por sus imprevisibles consecuencias.
Lidia Esther Ochoa
Radio Angulo

Aviones utilizados para atacar ciudades, palacios y torres son expresiones de diferentes épocas enmarcadas en la violencia, la brutalidad y el terrorismo, creadas en su imagen y semejanza por el imperialismo yanqui, por más que hoy se autotitule paladín del antiterrorismo y defensor de los derechos humanos, aunque tenga confinados injustamente en sus prisiones a cinco cubanos, sin tener en cuenta que precisamente ellos enfrentaban esa flagelo.
En 1973 el presidente Salvador Allende y los fieles partidarios de su gobierno tuvieron que enfrentar la traición de un enemigo de muchas caras, la visible perteneciente a la oposición política y al general Augusto Pinochet y la no muy encubierta de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos.
El golpe desató la jauría militar que no se cansaba de torturar, violar y asesinar a los chilenos que respaldaban a Allende. Entre las miles de víctimas estaba el inolvidable Víctor Jara, que le mutilaron las manos para que no pudiera tocar más la guitarra. Lo que no pudieron nunca los fascistas chilenos fue acallar la voz del cantor que proclamaba el derecho a vivir en paz.
Veintiocho años después del golpe militar contra el gobierno del presidente Salvador Allende, una noticia le daría la vuelta al planeta en cuestión de segundo, el ataque y el posterior derribo de las Torres Gemelas, por dos aviones de pasajeros que se impactaron en sucesión de minutos a estos dos símbolos de la cosmopolita Nueva York.
En el momento del primer impacto el presidente George W. Bush se encontraba leyendo un cuento a los niños de una escuela, entonces uno de sus ayudantes se le acercó y en voz baja le dio la noticia, el mandatario yanqui no hizo ningún comentario y continuó con la lectura. No se sabe si estaba allí por casualidad o buscaba una cuartada probatoria de inocencia.
Lo cierto es que después del 11 de septiembre del 2001 el pueblo afgano pagó los platos rotos al desatarse la guerra en su suelo. Las raíces de ambos hechos están tan en la superficie que cualquier persona podría vincularlos con similares intereses y un mismo autor. Ciertamente todos los caminos conducen a la Casa Blanca.
En Cuba todos saben perfectamente su manera de operar. La voladura del buque Maine, anclado en el puerto de La Habana le sirvió de pretexto al gobierno de Estados Unidos para entrar en la guerra del 1895 cuando ya prácticamente el Ejercito Libertador estaba a las puertas del triunfo definitivo sobre las fuerzas colonialistas españolas. Se apoderaron y permanecieron en la isla hasta el triunfo de la Revolución en 1959.
Ahora la proa está enfila hacia Irán, y la prepotencia de Estados Unidos y sus aliados es tan grande que ya no necesitan torres derribadas ni pretextos para tocar de nuevo los tambores de guerra y una vez más hacer padecer a la humanidad una nueva conflagración, quizás la más terrible de todas por sus imprevisibles consecuencias.
Lidia Esther Ochoa
Radio Angulo











