17/8/10

El Bordo de Xochiaca: vivir pepenando

La bandera de México ondea descolorida y con los bordes mordidos por el polvo y el viento. No podía ser de otra manera en Bordo de Xochiaca, el segundo vertedero más importante del Distrito Federal, una metrópoli de 20 millones de habitantes que emite la tercera parte de la basura acumulada en todo el país.

Tiene alrededor de ocho kilómetros de largo. Visto desde el aire parece una nube blanca que se extiende junto a la avenida que lleva su nombre. Pero esa nube es en realidad una larga montaña de alimento podrido, hierro oxidado, desechos sanitarios, cartones, plásticos, moscas y toda la inmundicia de 12 mil toneladas diarias de basura. El Bordo es hoy, por derecho propio, uno de los vertederos más grandes de Latinoamérica.

Desde hace tres años autoridades locales, estatales y federales mantienen una lucha de intereses para determinar qué se hace con este descomunal tiradero. Sobre la mesa, decenas de denuncias por contaminación acuífera y, sobre todo, una pregunta: ¿dónde meter tanta basura? Los desperdicios se han convertido en un problema para el gobierno del Distrito Federal, que el mes de julio inició una campaña para sensibilizar a los ciudadanos y recordarles que pueden ser sancionados si tiran desperdicios en las calles. “Cada mes se recogen dos mil 400 toneladas de basura del drenaje… Si se tapan las bombas de desagüe, nos inundamos en la ciudad”, recordaba en días pasados Marcelo Ebrard, jefe de Gobierno del DF durante un recorrido por una planta de aguas en la Ciudad de México.

El vertedero ya no puede crecer más; cuando menos no hacia los lados. Desde los años setenta las autoridades han ido desplazando el tiradero a lo largo de la avenida del Bordo Xochiaca cuando en el anterior emplazamiento ya no cabía ni un gramo más de desperdicios. El problema es que ahora hay un cerco de casas y límites geográficos por todos los puntos cardinales y el vertedero, por lógica, empieza a crecer hacia arriba. Los recolectores de basura que trabajan allí, aunque sólo sea físicamente, se sienten cada vez más cerca del cielo.
“Para el gobierno el tiradero no existe. Sólo le interesa saber dónde se va a echar la basura, eso les da dolor de cabeza, lo demás no importa, ni los trabajadores ni la pobreza en la que viven”, afirma Arturo Zepeda, coordinador de la Fundación para la Asistencia Educativa (FAE), la única organización que trabaja en el vertedero del Bordo ayudando a los recolectores desde hace 25 años. Cuando las administraciones locales pasaban la escoba para desplazar la basura, también barrían a sus trabajadores: los recolectores suspiran hoy de alivio porque no tienen que moverse del barrio Tlatel Xochitenco, el lugar donde hace 18 años fueron reubicados después de vivir durante años dentro del tiradero. Tlatel es una miserable colonia situada debajo de un cerro en uno de los extremos del Bordo; los caminos son de terracería y las viviendas construidas con madera y aluminio, pero para los recolectores vivir en Tlatel es mucho mejor que hacerlo rodeados por toneladas de inmundicia.

Son las ocho de la mañana y ya hay personas rebuscando con sus manos entre los escombros. Un hombre golpea una roca de cemento contra el suelo para tratar de sacar una varilla de hierro; otro acarrea unas luces de Navidad para extraer el cobre; otro extiende su saco y mete la cabeza dentro para ver cuánto plástico le queda por recoger. Para los cerca de dos mil recolectores que trabajan en el Bordo, hablar de desperdicios es un sacrilegio. Desde las lonas electorales del PRI o del PAN, que utilizan para cubrir sus pequeñas chozas, hasta un insignificante peluche —no importa que esté tuerto y despeinado—, aquí todo se le somete a una pequeña cirugía y a las horas ya hay un niño sonriendo con su juguete “nuevo”.

Los recolectores del Bordo se han convertido en ingenieros de la supervivencia. Lo que para el resto de la sociedad sólo es porquería, para ellos es la única forma de vivir.

A Verónica le llaman La Flaca. Tiene 27 años y vive con su marido y sus cuatro hijos dentro del vertedero. Hay bastante terreno en la zona para construir una choza de cuatro metros cuadrados con material reciclado, pero las 10 o 12 familias que conviven aquí han decidido construir sus casas apiñadas en una pequeña hilera, quizá para no sentirse más aislados de lo que están. La casa de Verónica y su familia es un cubículo cubierto de palés y plásticos, con el piso de tierra y la decoración traída directamente del vertedero. “Todo lo hemos ido sacando de aquí, sartenes, muebles”, afirma. También hay moscas, no una ni dos, sino un auténtico ejército que llega a nublar la vista. Un vaso con refresco se llena a los pocos minutos de insectos alados. Pero eso es sólo una anécdota. Porque la realidad es que los niños no van a la escuela y están sometidos a enfermedades de todo tipo. A Julián Alonso, de seis años, le atacó un virus que paralizó sus extremidades por dos años. “Los doctores me dijeron que había sido una infección agarrada en el vertedero. Gracias a Dios ya empieza a recuperarse”, dice Verónica. La hija más pequeña tiene dos años y se llama Xóchitl, La Reina de las Flores, un reclamo a la pureza en uno de los lugares más pestilentes de México. Sonríe subida a un coche de plástico que su hermano Lauro Armando ha rescatado de los escombros. Armando tiene 12 años y lleva dos meses aprendiendo a pepenar. Camina mirando al suelo, cubierto de polvo y con una nube de zopilotes sobrevolándole. Cuando llega el camión a descargar, Armando acude rápido y trata de meterse entre los 30 o 40 compañeros que ven bajar la basura del remolque como si fuera maná. No lo consigue y acaba esperando detrás de todos para recoger las últimas sobras.

No debería ser un problema visitar El Bordo de Xochiaca. Pero para entrar ahí hay que infiltrarse. La Organización de Recolectores de Desperdicios Industriales es una estructura caciquil manejada por un líder y por sus colaboradores, que hacen de intermediarios entre los pepenadores y las comercializadoras, pero sobre todo se han especializado en la explotación laboral. Los recolectores reciben, por ejemplo, 50 céntimos de peso por un kilo de cartón, 1.70 por uno de plástico o 1.50 por uno de hierro.

Los que más trabajan logran acumular 300 pesos semanales. Pepenan desde el amanecer hasta la noche, poniéndose linternas en la frente y creando un mosaico de “luciérnagas” que sirven para guiar a los propios camiones. Cuando los intermediarios venden a las comercializadoras ese material triplican el precio del kilogramo. Por el honor de ser explotados los pepenadores deben pagar a la organización 50 pesos mensuales y 80 por sacar una credencial y poder trabajar. “No nos dejan sacar el material fuera, si lo hacemos nos castigan con uno o hasta cuatro días sin trabajar”, dice una mujer de 52 años. No tienen seguro social, nada que los avale si meten la mano entre la basura y se cortan o si un hombre, como hace unos años, sufre de epilepsia, se desmaya y le pasa un camión de basura por encima. Cuando tienen que ir a un médico de urgencia todos colaboran con uno o dos pesos; cuando alguien se muere, entre todos ponen su parte para darle al compañero un funeral digno.

Celestino López fue el encargado de iniciar este lucrativo negocio a finales de los años setenta. Lo hizo en el lugar menos indicado, en apariencia para llevar a cabo un gran negocio: el Bordo de Xochiaca es uno de los lugares con récord de pobreza en la zona. Cuentan que López hacía millonarias apuestas en los combates de boxeo, iba cubierto de joyas y llegó a tener auténticas mansiones en México, a tres mil trabajadores a sus órdenes, 18 mujeres y 64 hijos. “Soy un padre prolífico pero cumplidor”, solía decir. Don Celestino, como era conocido, murió hace dos años y dos de sus hijos heredaron parte del negocio.

Cubierta con un pañuelo rojo sobre la cabeza, pelo cano y un mono azul de trabajo, Nicolasa Lemos arrastra sus 77 años por el vertedero. “Aquí me he acabado mi juventud”, dice mientras ordena un jacal que utiliza para cambiarse de ropa, tan pequeño que sólo puede hacerlo agachada. Nicolasa nació en Celaya, Guanajuato, donde se quedó huérfana a los siete años. Se fue a vivir con sus tíos, que la golpeaban una y otra vez “por no fregar los platos o tender la ropa”. Las secuelas de aquella época y de los 57 años pepenando en tiraderos es una espalda destrozada. “Sacamos siquiera pa’comer, pero por qué no lo voy a decir, pa’vestir no. Antes entraban camiones con comida, llegaban piernas de carne y despedazábamos la carne. Ahora ya no les dejan entrar”.

Nicolasa, Inés, María Cresencia, Verónica… Muchos pepenadores, sobre todo mujeres, tienen una infancia con recuerdos de maltrato, trabajo y necesidad. Los trabajadores originales del vertedero eran migrantes procedentes de Puebla, Guanajuato y, en general, poblaciones rurales del sur: miles de personas llegaron a la capital desde los años cuarenta buscando una oportunidad para salir adelante, pero se encontraron con una realidad muy diferente a la que habían soñado. Se quedaron a las puertas de la ciudad, en lugares sin saneamiento ni agua, alimentando los cinturones de miseria y trabajando por un puñado de pesos en lugares como el vertedero de Xochiaca. “Las mujeres trabajaban con los bebés a la espalda y los chamaquitos con edad para recoger un plástico del suelo ya ayudaban a sus padres”, comenta Arturo Zepeda, recordando el trabajo que el padre Roberto Guevara, creador de la FAE, lleva desarrollando en el tiradero desde hace 25 años. Él y unos cuantos voluntarios, financiados por Ayuda en Acción y otras ONG, han sido los únicos que se han solidarizado con la gente del vertedero, llevando comida, atención médica y una red de escuelas por toda la zona.

Dicen que el Bordo empezó siendo una barraca, un pequeño rincón donde los vecinos del barrio de Aragón tiraban la basura y, así, poco a poco, se fue convirtiendo en ocho kilómetros de desperdicios. Cuando en el vertedero ya no cabía nada más empezó a desplazarse, primero al “camellón”, luego a la zona entre las vías del ferrocarril y el Bordo y, finalmente, a Tlatel-Xochitenco en la parte baja de Chimalhuacán, donde está ubicado actualmente. La última vez no fue sólo una cuestión de espacio, había también intereses comerciales. “No nos dieron ninguna explicación, nos dijeron que estorbábamos y que nos iban a dar tierra”, recuerda Nicolasa.

El hombre más rico del mundo, Carlos Slim, se convertía en 2006 en el principal inversionista de los 150 millones de dólares que se destinaron para la creación de Ciudad Jardín, un imponente centro comercial levantado donde antes sólo había escombros. La intención del propietario de Telmex sería crear una barrio similar al de Santa Fe, hoy uno de los más prósperos de México DF y en su día un famoso vertedero donde ingresaban 20 mil toneladas diarias de basura. Pero el maquillaje de asfalto que hay por la avenida del Bordo es demasiado endeble: sólo hay que observar alguna obra desperdigada donde se haya metido el taladro y ver cómo sólo hay basura debajo de escasos veinte centímetros de pavimento.

En época de elecciones, los políticos tienen que pedir permiso a los líderes para entrar en el vertedero, taparse la nariz por unos minutos y prometer. Regalan a los recolectores unas botellas de agua, unos sacos limpios para meter la basura y regresan a casa a tirar los zapatos que usaron ese día, los mismos que a los pocos días podrá lucir algún pepenador. “Ha sido gente muy maltratada, tanto que, cuando alguien se les acerca y les da algo, son capaces de hacer cualquier disparate”, afirma Zepeda. Los políticos no piden disparates pero sí que acudan a manifestaciones como grupos de choque y, por supuesto, que les den el voto. Pero, al día siguiente de la visita, queda el mismo olor y la misma montaña de basura creciendo cada vez más hacia arriba.

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